¿Por qué es tan difícil emparejarse de adulto? De chaval quería una novia para explorar, para acompañarnos y pasarlo bien. Cuando encontré la chica ideal, nunca nos preguntamos cuánto duraría. Vivíamos felices día a día, cada día, y así pasaron dieciséis hermosos años. De adulto, sin embargo, siento más el anhelo de un proyecto sólido de vida en común. De un compromiso resistente al futuro y la dificultad. Porque no hay camino sin dificultad: la dificultad es el camino. En la veintena era fácil relacionarse. En la universidad, con los amigos o los fines de semana, me sentía arraigado en una red social. Una noche, en una fiesta, hice de tripas corazón y me acerqué a la chica que más me gustaba. Otras veces que lo hice me llevé un chasco, pero aquella noche nos conocimos y luego nos hicimos amigos y comenzamos a salir. Fuimos compañeros de vida una década y media. Ahora, en cambio, no me siento arraigado a ningún sitio. Echo el ancla, pero nunca toca el fondo. Todo el mundo está absorbido por el trabajo u ocupado con su familia, sus asuntos. Yo, sin embargo, tengo tiempo y libertad. Pero me siento como quien mira los coches de choque desde las piedras. Hay risas y gritos y choques pero, ¿dónde se compran las fichas? A los veintitantos todos éramos guapos. Ellas se ponían bonitas; nosotros hacíamos deporte. Aprendimos pronto las ancestrales reglas de ese juego de suma cero que es emparejarse, tan antiguo como la vida misma. Recientemente hice una incursión fugaz en una aplicación de citas. Solo hallé escotes tatuados con murciélagos, estéticas estrafalarias y quien antes que el propio rostro decide enseñar las nalgas. Un regodeo en la vulgaridad. Aunque los enterremos a los 85, muchos están muertos ya a los treinta y tantos. Yo quiero ir a la ópera, leer sobre la historia, hablar italiano, tocar la guitarra, desbocar la hoguera de la curiosidad. Siento sed por todo lo que eleva el espíritu. Pero, ¿dónde está la chica de la fiesta? No sé si soy yo el que está roto o es todo el resto del mundo. Y me siento descarriado, mirando desde las piedras.
— Jaime Gómez-Obregón (@JaimeObregon) October 23, 2026
¿Por qué es tan difícil emparejarse de adulto? Porque en algún momento de la vida dejaste de amar. Dejaste de conocer. Escuchaste las voces para convencerte de que mereces algo mejor y buscabas criptonita. Inexistente. Porque piensas tanto que tus genes te rechazan. Porque en la vida la constancia tiene un único fin, y te dejas encandilar, por proyectos, por dinero, por experiencias; que te vacían. ¿Y cuál es ese fin? La reproducción, tener descendencia. Hijos e hijas y vivir con ellos, crecerlos, vivir sus miedos de nuevo, sus risas, temer, protegerlos. Si no has llegado a eso, amigo, ya moriste y no lo sabes. Tu línea ya no sigue, tus genes te lloran y tú, lloras por twitter... un lugar, para llenar tu ego. Para ver tu corazoncitos crecer, que la gente te diga "pobrecito" y que tus endorfinas te dejen dormir, en vez de llorar a altas horas de la madrugada por no poder vencer tu insomnio.
Sigue buscando amigo. No desistas en vivir esa parte de la vida. Deja a tus genes seguir, y a tu mente, sembrarlos.